martes, 31 de mayo de 2016

Rafael Dieste - El regreso

Sentada al amor de la lumbre, donde un pequeño fuego todavía se esfuerza en hacerle compañía, la vieja Resenda tiene fijo el pensamiento en lejanos recuerdos, y puede que en algún presagio que esa noche le espantó el sueño. A veces se mueve un poco, escucha, y en seguida retorna a su embeleso...
Le quedó el nombre de Resenda porque su difunto marido era el señor Resende, y también como un modo de guardarle respeto.
Aún trabajaba el viejo cuando el mozo gallardo, su Andresiño, regalo de la casa, se fue en grey con otros, mordiendo un clavel, a tierras de Morería. Poco supieron decir de él los otros. Sí, lo habían visto por allá. Pero, debéis tener en cuenta... Allá no es como aquí. Millares y millares de hombres, una romería impresionante. Unos yendo hacia adelante, otros aguantando la sed en la cumbre de un cerro, o transportando los víveres... ¿Quién habla de muerte? Se sabría. Y venía entonces el tejer y destejer sospechas, conjeturas: casos de los que se pierden, de cautivos, de los que andan en secretas encomiendas. Con aquellas historias la ansiedad de los viejos se entretenía. Pero el tiempo corría... En fin, se dejó de hablar del asunto, y pronto el viejo perdió los ánimos y aquel amor a la tierra que levanta a los labradores. No duró mucho. Un día sintió frío y se encogió en el lecho con el deseo de un largo, infinito reposo, el rostro perdido en no se sabe qué lejano amanecer. Estuvo encamado una temporada, sin ningún deseo de hablar. Un día llamó a la compañera a su lado, le apretó la mano y, muy bajo, murmuró: No vuelve...
Aquella noche el viejo moría.
La vieja Resenda quedó sola, sola. Pero en su espíritu una palabra única se levantó para nunca más ser derribada. El viejo agonizante había dicho: No vuelve. Ella, con una seguridad hecha de anhelos y presentimientos, dijo: ¡Vuelve! Y esperó a lo largo de muchos inviernos...
Un andar suave, amortiguado, se deslizó por el piso de arriba.
Después el portón de la cocina se abrió un poco, silencioso y cauto. Pero de repente se cerró y batió violentamente en el marco de perpiaño.
Los sueños de la anciana huyeron. Con los ojos encendidos levantó la cabeza y se puso a escuchar...
Todo enmudece en la casa a no ser las pisadas blandas, leves.
-¿Quién anda ahí? -gritó. Y su propia voz sin respuesta la llenó de extrañeza.
Se sintió sola por vez primera, y como pasmada, todavía más que atemorizada, de aquella soledad.
Entonces comenzó a llamar al hijo como si estuviera allí adormilado, con la mira de espantar al ladrón, pero también para sentirse menos desamparada:
-¡Despierta, perezoso, que anda gente por la casa! Coge esa hacha y corre a ese lobicán que viene a robar a los pobres. Para una corteza de pan que ha de encontrar en el horno es capaz de estrangularme.
La voz se le ovilló. Alguien parecía ahora empujar la puerta desde fuera con esa lentitud astuta de los gatos o del viento tramposo. Chirriaron de improviso los goznes, con un lamento de pereza importunada, y la puerta quedó franca. Allí, deteniendo el paso, como para dar tiempo a la madre para serenarse, estaba, erguido y alegre, el hijo de la vieja Resenda. El resplandor del pequeño fuego, que en aquel instante se avivó de súbito, relampagueó en su rostro. Era el de siempre... Los dientes, mozos, mordían todavía el clavel.
Alguna mujer que pasó volando junto a la casa, sintió gritar a la vieja el nombre de su hijo. Otros dicen que la sintieron hablar a deshora, y hasta canturrear mientras iba y venía. Otros (tiempo después) que un mendigo forastero, sospechoso, había estado espiando un ventanuco de la casa, encima de un emparrado, para ver dónde escondía la vieja unas onzas de oro que, según rumor corrido por la aldea, tenía costumbre de contar diciendo: Las guardé para ti, hijo mío. Pasé malos años, pero aquí están. Y se dice que ese mendigo nada pudo decir de semejante oro... Sí del terrible acontecimiento, y que fue a confesarse muy arrepentido.
Al día siguiente -ya no calentaba el sol- los vecinos llamaron hasta hartarse en la puerta de la casa silenciosa. Finalmente decidieron, después de hablar en grupo con la alegría inconfesada de las alarmas insólitas, echar la puerta abajo. Por el hueco que abrieron los empujones del más corpulento se colaron todos.
Muy pronto dieron con la vieja Resenda. A poco trecho del hogar la encontraron tendida en el suelo, con los ojos tan abiertos que no parecía que estuviese muerta.
De Andrés nunca se supo. Todos dicen que fue comido por los cuervos en tierras de Morería.

FIN
El Arte en la Vida, tiene como objetivo difundir el que hacer artístico de pintores, escultores, escritores, fotógrafos, artistas digitales, etc., sin fines de lucro. No posee los derechos de autor de las obras que aquí se exhibe las mismas se han hallado navegando por la web. No trata de obtener crédito alguno por las obras aquí expuestas.
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Carl Dobsky - Pintor Estadounidense

Carl Dobsky - Nació en Victoria, Texas en 1972. Llegó a la atención de la galería mientras estudiaba en Jacob Collin Water Street Atelier en Nueva York. Antes de eso, estudió bellas artes, tanto en la Escuela de Arte Ringling en Florida y en Nueva York, obteniendo una M.F.A de la Academia de Arte de Nueva York.

Su paleta se compone principalmente de tonos tierra, centrándose en la pintura de objetos reales que son una parte de su vida cotidiana. Gran parte de su inspiración proviene de su existencia en las escenas urbanas y el propio medio de Artistan. Hay un elemento de textura arenosa, dominante compuestos, que se presta a sus súbditos un sentido poético de la belleza en su sombrío. En otras ocasiones, utiliza colores intensos para mostrar las cualidades únicas y sublimes del horizonte de la ciudad en diferentes momentos del día.

Se esfuerza constantemente para explorar y ampliar la diversidad de sus temas. Sus obras figurativas juegan con las nociones de auto-imagen y la identidad, una tarea que ha fascinado a muchos artistas contemporáneos de. Su observación y las ejecuciones son ejemplares, utilizando diversos puntos de vista para capturar estados de ánimo, actitudes, rasgos de personalidad y una de las muchas técnicas ingeniosas que se representan con éxito con gran estilo en sus creaciones.


































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Michelle Kaptur - Escultora del Vidrio

Michelle Kaptur.- Obtuvo su Licenciatura en Bellas Artes en el noroeste del Pacífico en el College of Arts en Portland, Oregon. Es uno de los artistas con más talento de vidrio en los Estados Unidos. Pocos artistas han alcanzado el rango estilístico que tiene debido a su constante experimentación y de la creatividad sin fin. Desde 1975 pasó 10 años aprendiendo las bases de soplado de vidrio. Sopló vidrio en Icefire, fábrica de vidrio y en Alder House antes de abrir su propio estudio de soplado. Durante un tiempo tiempo cambió su rumbo artístico, pasó varios años pintando, "poner juntos todos los conceptos de composición, color y diseño que aprendí en la escuela. Tenía un sentido mucho más fuerte de los tipos de opciones de diseño que quería hacer y por qué. Siento que mi trabajo se convirtió en "mi trabajo" después de esto" Su trabajo aparece en muchas galerías de todo el país, y es muy apreciado y buscado por los coleccionistas de todo el mundo.







































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