miércoles, 30 de noviembre de 2016

Rainer Maria Rilke – La criada de la señora Blaha

Cada verano, la señora Blaha, casada con un pequeño funcionario del ferrocarril de Turnau, Wenzel Blaha, viajaba por varias semanas a su lugar de nacimiento. Esta aldea, pobre e insignificante, se halla en la llana y pantanosa Bohemia, cerca de Nimburg. Cuando la señora Blaha, que ahora ya se sentía persona de ciudad, vio de nuevo las míseras casuchas, consideró que podía hacer una buena obra. Entró en la vivienda de una campesina conocida, de la que sabía tenía una hija, y le propuso llevarse a la chica como criada. Le pagaría un modesto salario y, además, la joven tendría la ventaja de estar en la ciudad y aprender unas cuantas cosas. (En realidad, ni la propia señora Blaha sabía qué podría aprender.) La campesina habló del asunto con su marido, que parpadeaba continuamente y, de momento, se limitó a escupir al suelo. Pero al cabo de media hora volvió a la habitación y preguntó:

– ¿Y ya sabe la señora que Anna es…?

Dijo esto a la vez que su arrugada y morena mano se agitaba por delante de su frente como una marchita hoja de castaño.

– ¡Tonto! -le cortó la mujer-. No seremos nosotros quienes…

Así fue como Anna fue a parar a casa de los Blaha, donde solía pasear sola todo el día. Wenzel Blaha estaba en la oficina, la mujer iba a coser a domicilio, y no había niños que cuidar.

Anna se sentaba en la pequeña y oscura cocina, cuya ventana daba a un patio, y esperaba a que pasara el organillero, cosa que siempre sucedía poco antes de anochecer. Entonces, la chica se apoyaba en el alféizar, muy asomada, de modo que el aire agitaba sus pálidos cabellos, y se ponía a bailar interiormente hasta sentir mareo y tener la impresión de que las altas y sucias paredes se inclinaban una contra otra. Al final, Anna se asustaba y descendía todas las lóbregas y mugrientas escaleras de la casa hasta la humosa taberna del callejón, donde, de cuando en cuando, alguien cantaba en la primera frase de la embriaguez. Por el camino se veía rodeada de chiquillos que, sin que nadie los echara de menos, vagaban días enteros por los patios. Cosa curiosa, aquellos niños siempre le pedían que les contase historias. A veces la seguían hasta la cocina. Pero entonces, Anna se acomodaba junto al fogón, se cubría la pálida y vacía cara con las manos y decía:

– Dejadme pensar.

Los pequeños esperaban un rato con paciencia. Pero si Annuschaka seguía pensativa y en la oscura cocina se hacía un silencio demasiado largo, se marchaban sin llegar a ver que la joven comenzaba a llorar y gemir quedamente, presa de una terrible añoranza que la hacía sentirse perdida e insignificante. Ni ella misma sabía exactamente qué extrañaba. Quizás, incluso, los azotes. Pero en general era la añoranza de algo impreciso, ocurrido en algún momento o tal vez sólo soñado. Sin embargo, y de tanto como los niños la hacían pensar, poco a poco hizo memoria. Primero, de una cosa roja, roja, y luego de una gran muchedumbre. Por último recordó el sonido de una campana, que tocaba muy fuerte, y… un rey, un campesino y una torre…

«Mi querido rey», dijo el campesino.
«Sí -contestó el rey con voz muy orgullosa-. Ya lo sé»

¡Claro! ¿Cómo no iba a saber el rey todo lo que fuese a decirle un campesino?

Poco tiempo después, la señora llevó consigo de compras a la chica. Dado que se acercaba la Navidad y ya había anochecido, los escaparates estaban muy iluminados y llenos de cosas maravillosas. Fue en una tienda de juguetes donde, de repente, Anna descubrió lo que había recordado. El rey, el campesino, la torre… A la joven le pareció que se oían más los latidos de su corazón que sus pasos. Apartó rápidamente la vista y, sin detenerse ni un instante, continuó el camino junto a la señora Blaha. Tenía la sensación de que no debía revelar nada. Y así, el pequeño teatro de títeres quedó atrás, sin que nadie le hiciera caso. La señora Blaha, que no era madre, ni siquiera se había fijado en él.

No tardó en llegar el domingo libre de Anna, que no regresó aquella noche. Un hombre al que ya viera alguna vez en la taberna la llevó consigo, y ella no se acordaba luego de adónde habían ido. Le parecía haber estado un año entero fuera de casa. Cuando el lunes a primera hora entró en la cocina, todo resultaba aún más frío y gris que de costumbre. Aquel día, Anna rompió una sopera y recibió una áspera bronca. La señora no llegó a darse cuenta de que la muchacha había pasado la noche fuera, cosa que Anna repitió otras tres veces, hasta Año Nuevo. Entonces dejó de moverse por la casa, cerraba miedosa la puerta y, aunque el organillero tocase en la calle, no siempre se asomaba.

Transcurrió el invierno y dio comienzo una paliducha y vacilante primavera. Es ésta una estación especial en los patios interiores. Las casas están negras y húmedas y el aire se ve descolorido, como la ropa lavada con mucha frecuencia. El brillo parece contraer las ventanas mal limpiadas, y diversos desperdicios de poco peso danzan en el viento al pasar por delante de los pisos. Los ruidos de toda la casa son más perceptibles. La vajilla produce un sonido más claro y agudo, y hasta los cuchillos y las cucharas hacían un ruido distinto.

En esa época tuvo Annuschka una niña, que le llegó del todo inesperada. Llevaba varias semanas sintiéndose gorda y pesada cuando, una mañana, la criatura quiso salir y, de pronto, estuvo en el mundo. Sabría Dios de dónde venía. Era domingo, y el matrimonio Blaha aún dormía. Anna contempló a su hija durante un rato, sin que su rostro reflejara ninguna emoción. La niña apenas se movía, hasta que, súbitamente, del pequeño pecho brotó una vocecilla muy penetrante. Al mismo tiempo llamó la señora Blaha, y en la alcoba crujió un lecho. A toda prisa, Anna agarró su delantal azul, colgado cerca de la cama, y con las tiras oprimió el dimintuo cuello, escondiendo luego todo el envoltorio azul en el fondo de su baúl. Se encaminó seguidamente a las habitaciones, descorrió las cortinas y se puso a preparar el café. Uno de aquellos días, Annuschka recibió el salario que hasta ahora le correspondía. Eran quince gulden. La muchacha cerró la puerta, abrió su baúl y colocó el pesado e inmóvil delantal azul sobre la mesa de la cocina. Abrió despacio el atadijo, miró la criatura y la midió de la cabeza a los pies con una cinta métrica. Después lo dejó todo como antes y salió de la casa. Pero…¡qué lástima! El rey, el campesino y la torre eran mucho más pequeños. No obstante los compró, y también otros muñecos. Por ejemplo, una princesa de redondos puntos rojos en las mejillas, un viejo, otro viejo que llevaba una cruz sobre el pecho y que, ya sólo por su gran barba, parecía Santa Claus, y luego dos o tres más, no tan bonitos e importantes.

Además, Anna, había adquirido un teatro cuyo telón subía y bajaba, con lo que el jardín que hacía de fondo aparecía y volvía a desaparecer.

Ahora, Annuschka tenía un remedio para la soledad. Olvidada quedó la nostalgia. Montó el precioso teatro (había costado doce gulden) y se situó detrás, como es debido. Pero a veces, cuando el telón estaba enrollado, corría hacia delante para contemplar el jardín, y toda la cocina desaparecía detrás de los altos y espléndidos árboles. Volvía luego a su sitio, sacaba dos o tres figuras y les hacía decir lo que se le antojaba. Nunca resultaba una función entera, pero sí había conversación y réplicas, y también podía suceder que, de pronto, dos polichinelas se inclinaran como asustados uno delante de otro. O que saludasen con una reverencia al anciano, que no podía hacerlo por ser totalmente de madera. Por eso, cada vez se desplomaba de agradecimiento.

Entre los chiquillos del barrio corrió la voz de los juegos de Annuschka y, a partir de entonces, primero con recelo y luego cada día con menos malicia, los niños se reunían en la cocina de los Blaha al anochecer y no perdían de vista a los polichinelas, que siempre decían lo mismo.

Una tarde, Annuschka anunció con las mejillas muy encendidas:

– ¡Pues aún tengo un muñeco mucho mayor!

Los niños temblaron de impaciencia. Pero Annuschka pareció olvidarse de aquello. Colocó todos sus polichinelas en el jardín de su teatro, apoyando en los bastidores laterales los que no querían sostenerse en pie. Apareció también una especie de arlequín de cara grande y redonda, que los pequeños espectadores no recordaban haber visto antes. Cada vez más entusiasmados, los chiquillos pidieron que saliera aquel muñeco excepcional.Aunque sólo fuese una vez y por un momento.

– ¡Sí! ¡El muñeco grande…!

Annuschka se dirigió a su baúl. Niños y polichinelas estaban unos frente a otros, muy callados y, hasta cierto punto, parecidos. Pero los ojos desmesuradamente abiertos del arlequín, que parecían esperar algo espantoso, inspiraron de repente tal temor a los chiquillos, que sin más huyeron todos entre gritos.

La joven regresó con el voluminoso paquete azul en las manos. Súbitamente le temblaron las manos. ¡La cocina estaba tan silenciosa y vacía, sin los niños! Pero Annuschka no tenía miedo. Rió quedamente, volcó el teatro con los pies y pisoteó las diversas maderitas que habían formado el jardín. Y luego, cuando la cocina ya se hallaba totalmente a oscuras, partió la cabeza a todos los muñecos. También a aquel grande, azul.

FIN


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Edvard Munch – Pintor Noruego

Edvard Munch – Nació en Løten, el 12 de diciembre de 1863 /  Skøyen, 23 de enero de 1944. Tuvo una infancia muy difícil, ya que su madre y su hermana murieron de tuberculosis  cuando él era muy joven, y su padre era un hombre dominado por obsesiones de tipo religioso que falleció en 1889. De todo ello surgió una personalidad conflictiva y un tanto desequilibrada, que él mismo consideraba la base de su genio.
En 1879 comienza la carrera de ingeniería,  pero unos años más tarde la deja para empezar su carrera artística que le abrió el camino al desarrollo del expresionismo,  hasta que en el año 1881 vende dos cuadros y pinta su primer autorretrato. El pintor naturalista noruego Christian Krohg fue un maestro esencial que en gran variedad de ocasiones corregía sus trabajos y le ayudaba a mejorar. Participó por primera vez en la exposición de otoño de Cristianía en Oslo donde estableció relaciones con el círculo de literatos y artistas de la capital.
En 1885 hizo el primero de sus numerosos viajes a París,  donde conoció los movimientos pictóricos más avanzados y se sintió especialmente atraído por el arte de Gauguin. No tardó en crear un estilo sumamente personal, basado en acentuar la fuerza expresiva de la línea, reducir las formas a su expresión más esquemática y hacer un uso simbólico, no naturalista, del color y de ahí su clasificación como pintor simbolista.  En su primera exposición individual con 110 cuadros en Oslo hizo que una parte del público lo aclamara con entusiasmo.
En el año 1890 la influencia del neoimpresionismo en sus obras fue muy notoria. Ese mismo año recibe su segunda beca estatal. Un año más tarde comenzó a desarrollar los motivos del Friso de la vida, ciclo pictórico que incluye muchas de sus obras más conocidas que en su conjunto pretenden dar una visión unitaria de la vida, dibuja ampliamente las memorias personales, incluyendo la devastadora pérdida de su madre, Laura Munch, y de su hermana favorita, Sophie.
Sus obras son como variaciones constantes sobre la gran sinfonía de la existencia humana en sus lados diurnos, pero aún más, como es congruente con la sensibilidad finisecular, en los nocturnos. El amor y el odio, el deseo y la angustia, las pasiones y las emociones, son elevados a arquetipos de la vida anímica del hombre moderno o, incluso, de la propia condición humana.
El pintor decía de sí mismo que, del mismo modo que Leonardo da Vinci  había estudiado la anatomía humana y diseccionado cuerpos, él intentaba diseccionar almas. Por ello, los temas más frecuentes en su obra fueron los relacionados con los sentimientos y las tragedias humanas, como la soledad, la melancolía, la angustia, la muerte y el erotismo.   Se le considera precursor del expresionismo,  por la fuerte expresividad de los rostros y las actitudes de sus figuras, además del mejor pintor noruego de todos los tiempos.
El grito, realizado en 1893, fue una de sus obras más importantes, la idea de esta obra va surgiendo despacio. En 1892 apunta:
Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.
En 1930 se le hace casi imposible trabajar, tuvo una mala época como pintor, pues el gobierno nacionalsocialista  confiscó 82 cuadros suyos de los museos alemanes. Sus pinturas fueron consideradas como “degeneradas”. La mayoría de sus cuadros plasmaban la muerte o temas que en aquella época resultaban muy polémicos.
En 1940 con la invasión del régimen Nazi a Noruega invasión del  le retiraron muchos de sus cuadros de las galerías de arte porque pensaban que escandalizaban a sus visitantes. Munch no quería tener ningún tipo de relación con los invasores, ya que le consideraban un demente. Durante la Segunda Guerra Mundial, se hace mundialmente famoso y expone por primera vez en 1942 en Nueva York. Con motivo de su 80 cumpleaños es objeto de grandes homenajes. A pesar de su mal estado, en el que sufre continuamente resfriados, acude a todos ellos con gran honor. Murió en su hacienda autosuficiente de Ekely, en Skøyen, en las afueras de Oslo. Lo hizo tal y como había vivido: completamente solo.





































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Kazuhiko Tanaka - Escultor Japonés

Kazuhiko Tanaka - Nació en la ciudad de Kofu, Prefectura de Yamanashi. Se graduó de la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio con una especialidad en Diseño Arquitectónico. Durante más de cuarenta años, ha estado trabajando como arquitecto en Tokio. Sus figuras humanas encantan a su público capturando la esencia de la vida cotidiana o escenas surrealistas de nuestros sueños. Además de su trabajo arquitectónico, desde que comenzó su obra de arte, la creatividad de Kazuhiko Tanaka ha seguido evolucionando tanto en estilo como en estatura. Sin embargo, el núcleo de su trabajo no ha cambiado, y ese es su deseo de expresar los bellos momentos de la vida y de involucrarnos en esas experiencias. Las caras de las figuras esculpidas son inexpresivas y sus vestidos neutrales con el fin de obtener una narrativa personal de cada espectador. La mayoría de sus esculturas son en miniatura pero, a diferencia de su escultura más grande, las pequeñas figuras se conciben en diseños destinados a sugerir un espacio aéreo más grande y más potente. Esto produce una especie de magia en la miniaturización de las formas.




































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