martes, 23 de mayo de 2017

Anaïs Nin - Artistas y modelos

Una mañana me llamaron de un estudio de Greenwich Village, donde un escultor daba comienzo a una estatuilla. Se llamaba Millard. Tenía ya un boceto de la figura que se proponía moldear, y para la fase siguiente necesitaba una modelo.

La estatuilla llevaba un vestido ajustado que de­jaba ver cada línea y cada curva del cuerpo. El es­cultor me pidió que me desnudara completamente, pues su trabajo así lo requería. Parecía tan absorto por la estatuilla y me miraba con expresión tan ausente que fui capaz de desvestirme y posar sin dudarlo. Aunque por entonces yo era bastante ino­cente, me hizo sentir como si mi cuerpo no fuera distinto de mi rostro, como si yo fuera igual que la estatuilla.

Mientras Millard trabajaba, hablaba de su vida anterior en Montparnasse, y el tiempo transcurría con rapidez. No sé si con sus historias pretendía excitar mi imaginación, pero no dio señales de inte­resarse por mí. Gozaba recreando la atmósfera de Montparnasse para sí mismo. He aquí una de las historias que me contó.

"La esposa de un pintor moderno era ninfómana. Creo que estaba tuberculosa. Tenía una cara blanca como el yeso, ardientes ojos negros profundamente hundidos en su rostro, párpados pintados de verde. Poseía una voluptuosa figura, que cubría sugestiva­mente de raso negro. Su cintura era estrecha en re­lación al resto de su cuerpo. La rodeaba un cinturón griego de plata, de unos quince centímetros de anchura, con piedras incrustadas. Este cinturón era fascinante. Era como el cinturón de un esclavo. Uno sentía que, en lo profundo de su ser, ella era una esclava, una esclava de su apetito sexual, que abrir el cinturón era todo cuanto había que hacer para que se dejara caer en los brazos de cualquiera. Se parecía mucho al cinturón de castidad que, según se decía, los cruzados ponían a sus esposas. Había uno en el Musée Cluny: un cinturón de plata muy ancho con un accesorio colgante que cubría el sexo y lo dejaba cerrado mientras durasen las cruzadas. Alguien me contó la deliciosa historia del cruzado que colocó un cinturón de castidad a su esposa y dejó la llave al cuidado de su mejor amigo, por si él moría. Apenas había cabalgado unas millas, cuan­do vio a su amigo galopando furiosamente tras él y gritándole: "¡Me has dado una llave equivocada!"

Tales eran los sentimientos que despertaba el cinturón de Louise en todos los hombres. Al verla entrar en el café, con sus ojos que nos miraban, hambrientos, buscando una respuesta, una invitación para sentarse, sabíamos que había salido en busca de la caza del día. También su marido lo sabía. Hacía un papel lamentable, siempre buscándola, y sus amigos le decían que estaba en otro y luego en otro café lo que le daba tiempo para encerrarse en una habitación de hotel con alguien. Entonces todo el mundo trataba de comunicarle que su marido estaba buscándola. Al fin, desesperado, empezó a pedir a sus mejores amigos que se acostaran con ella, para que al menos no cayera en manos extra­ñas.

Los extranjeros le inspiraban temor, sobre todo los sudamericanos, los negros y los cubanos. Había oído comentarios acerca de la extraordinaria capa­cidad sexual de estos hombres, y presentía que si su mujer caía en manos de uno de ellos nunca vol­vería a él. De todas formas, después de haberse acostado con todos sus amigos, Louise conoció a un extranjero.

Era un cubano, un hombretón moreno, extraor­dinariamente atractivo, con el pelo largo y lacio, a la manera de un hindú y con un rostro hermoso, pleno y noble. Vivía en el Dome hasta que encon­traba a una mujer a la que deseaba. Entonces desaparecía durante dos o tres días, se encerraba en la habitación de un hotel y no volvía a aparecer hasta que ambos estaban saciados. Hacía de la mu­jer una fiesta tan completa que no quería volverla a ver. Cuando todo había concluido, volvía a vérsele sentado en el café, conversando brillantemente. Ade­más, era un notable pintor de frescos.

Cuando se encontraron Louise y él, Antonio que­dó poderosamente fascinado por la blancura de aque­lla piel, la turgencia de los senos, el gentil talle y el largo, lacio y denso cabello rubio. Ella, por su parte, quedó prendada de su cabeza y su cuerpo vigoroso, de su lentitud y su soltura. Antonio se reía por cualquier cosa. Daba la sensación de que prescindía del mundo entero y que sólo existía el goce sensual; que no habría un mañana ni más en­cuentros con nadie; que sólo contaba aquella habi­tación, aquella tarde, aquel lecho.

Ella permanecía de pie junto a la gran cama de hierro, aguardando. Antonio le dijo:

–Déjate puesto el cinturón.

Y empezó a arrancarle lentamente la ropa. Con calma, sin esfuerzo, la hizo jirones como si fuera de papel. Louise temblaba ante la fuerza de sus ma­nos. Se quedó de pie, desnuda, pero con el pesado cinturón de plata. Antonio le soltó el cabello, que se derramó sobre sus hombros. Y sólo entonces le dobló la espalda sobre la cama y la besó interminablemente, con las manos sobre sus pechos. Ella sintió el doloroso peso del cinturón de plata y de las manos del hombre que apretaban con tanta fuerza su carne desnuda. Su hambre de sexo crecía como una locura hacia su cabeza, cegándola. Era tan ur­gente que no podía esperar. No podía esperar a que él se desvistiera. Pero Antonio ignoraba sus movi­mientos de impaciencia. No sólo continuó besándola como si se le estuviera bebiendo la boca, la lengua y la respiración, con su boca grande y negra, sino que sus manos la maltrataban, apretaban profunda­mente su carne, dejando marcas dolorosas en todas partes. Ella, húmeda y temblorosa, abría las piernas e intentaba montar sobre él y desabrocharle los pan­talones.

–Hay tiempo –dijo Antonio–. Tenemos mu­cho tiempo. Vamos a quedarnos en esta habitación días enteros. Hay tiempo de sobra para los dos.

Se apartó y se desnudó. Tenía un cuerpo mo­reno dorado, y un pene tan suave como el resto de su persona; grande y firme como un bastón de ma­dera pulida. Ella se lanzó sobre el miembro y lo tomó en la boca. Los dedos de Antonio llegaban a todas partes, al ano y al sexo; su lengua, al interior de su boca y a sus orejas. Le mordió los pezones, le besó y le mordió el vientre. Ella trataba de satis­facer su apetito restregándose contra la pierna del hombre, pero él no se lo permitía. La doblaba como si fuera de goma, la forzaba a todas las posturas. Con sus dos fuertes manos tomaba de ella las partes que más le apetecían, y las acercaba a su boca como si se tratara de comida, sin tener en cuenta la posi­ción del resto del cuerpo. De este modo tomó las nalgas entre sus manos, las levantó a la altura de su boca, las mordió y le besó el sexo.

–¡Tómame, Antonio –imploró ella–, no puedo esperar!

Pero él no la tomaba.

Para entonces, la ansiedad de sus entrañas era como un fuego rabioso. Pensó que iba a volverse loca. Fracasaba en todos sus intentos de provocarse el orgasmo. Si le besaba demasiado tiempo, él la rechazaba. Conforme se movía, el gran cinturón pro­ducía un sonido metálico, igual que la cadena de un esclavo. Y, en efecto era la esclava de aquel enorme hombre moreno. El mandaba, era el rey. El placer de la mujer estaba subordinado al suyo, y Louise comprendió que no podría hacer nada en contra de su fuerza y de su voluntad. Pedía sumi­sión. El deseo de Louise murió de puro agotamiento. Su cuerpo se liberó de toda tensión, y se volvió como de algodón. Cada vez más exultante, él gozaba de ello. Su esclava, su posesión, un cuerpo roto, jadean­te, maleable, cada vez más suave bajo sus dedos. Sus manos perseguían todas las líneas de su cuerpo, sin dejar ningún rincón intacto, amasando, amasan­do según su fantasía, doblándolo para satisfacer su boca, apretándolo contra sus grandes dientes blan­cos y relucientes, marcándola.

Por vez primera, la ansiedad que había sido como una irritación en la superficie de su piel se replegó a una parte más profunda de su cuerpo. Se replegó, se acumuló y se transformó en un cen­tro ígneo que aguardaba a que lo hicieran explotar el tiempo y el ritmo de él. Sus caricias eran como una danza en la que ambos cuerpos giraban y se deformaban adquiriendo nuevas formas, nuevas dis­posiciones, nuevos rasgos. 

Estaban acoplados como gemelos, él con su miembro contra el trasero de ella, ella con los senos como olas bajo las manos de él, dolorosamente despiertos, conscientes y sen­sibles. Luego él montaba a horcajadas, como un gran león, sobre el cuerpo de la mujer, que colocaba sus puños bajo sus nalgas para izarse hacia el pene. La penetró por primera vez y la llenó como ningún otro lo había conseguido, alcanzando las últimas profundidades de sus entrañas.

Ella vertía su miel. El miembro producía, al empujar, ruiditos de succión. Ya no quedaba aire en el sexo de ella; el miembro lo llenaba por completo y se agitaba interminablemente, dentro y fuera de la miel, hasta llegar a su fondo; pero en cuanto el jadeo de Louise se aceleraba, él retiraba su pene brillante de humedad y se dedicaba a otra forma de caricia. Echado boca arriba en la cama, con las piernas separadas y el miembro erecto, hizo que ella se sentara sobre él y se lo introdujo hasta la raíz, hasta que sus vellos se confundieron. Sosteniéndola, le hizo describir círculos en torno al pene. Ella cayó sobre él, apretó los senos contra su pecho y buscó su boca; luego se enderezó de nuevo y reanudó sus movimientos. A veces se erguía un poco, hasta que dentro de su sexo sólo quedaba la cabeza del miem­bro, y entonces se movía ligeramente, muy ligera­mente, lo justo para mantenerlo dentro, rozando los labios de su vulva; que eran rojos y abultados y lo ceñían como una boca. Moviéndose de pronto hacia abajo, engullendo todo el pene y suspirando de gozo, cayó sobre el cuerpo de Antonio y buscó de nuevo su boca. Las manos del hombre perma­necieron sobre las nalgas de Louise controlando sus movimientos para que no los acelerara súbitamente y alcanzara el orgasmo.

La arrojó de la cama, la puso a cuatro patas en el suelo y le dijo:

–Muévete.

Ella comenzó a gatear por la habitación, cubier­ta a medias por su largo cabello rubio, con su cinturón gravitando sobre su cintura. Antonio se arro­dilló a su espalda y aplastó su miembro y todo su cuerpo contra el de ella, sin dejar de mover sus ro­dillas de hierro y sus largos brazos. Una vez la hubo gozado por detrás, deslizó la cabeza bajo la mujer para poder succionar sus senos lujuriantes, como si fuera un animal, sujetándola con las manos y la boca. Jadeaban y se agitaban; al cabo de un rato Antonio levantó a Louise, la transportó a la cama y colocó las piernas de ella en torno a sus hombros. La tomó con violencia, y entre convulsiones y tem­blores alcanzaron juntos el orgasmo. Louise se des­plomó, sollozando histéricamente. El orgasmo había sido tan fuerte que estuvo a punto de volverse loca de frenesí y de gozo. El sonreía y jadeaba; se echa­ron y se durmieron."

Al día siguiente, Millard me habló del artista Mafouka, el hombre-mujer de Montparnasse.

Nadie sabía exactamente qué era. Vestía como un hombre. Era pequeña, delgada, sin pecho. Su pelo era corto y lacio, y tenía cara de muchacho. Jugaba al billar como un hombre y bebía como un hombre, con un pie en la barra del bar. Contaba historias obscenas como un hombre. Su dibujo po­seía un vigor insólito en la obra de una mujer. Pero su nombre sonaba a femenino, sus andares eran femeninos y se decía que no tenía pene. Los hom­bres no tenían ni idea de cómo tratarla. A veces les daba palmadas en la espalda, fraternalmente.

"Compartía su estudio con dos muchachas. Una de ellas era modelo, y la otra cantante en un club nocturno. Pero nadie sabía qué relaciones existían entre las tres. Las dos muchachas parecían compor­tarse como marido y mujer. Si así era, ¿qué signi­ficaba Mafouka para ellas? Jamás respondieron a ninguna pregunta. En Montparnasse siempre gustó saber esas cosas, y con detalle. Algunos homose­xuales se sintieron atraídos por Mafouka, y le hicie­ron insinuaciones, pero los rechazó. Se peleó con ellos, los abofeteó con toda su fuerza.

Un día que estaba medio borracho me dejé caer por el estudio de Mafouka. La puerta estaba abierta. Al entrar, oí risitas. Evidentemente, las dos mucha­chas estaban haciendo el amor. Sus voces, suaves y tiernas al principio, se volvieron violentas e ininteligibles hasta convertirse en gemidos y suspiros. Lue­go, silencio.

Cuando llegó Mafouka me encontró escuchando.

–Me gustaría verlas –le dije.

–Está bien –dijo Mafouka–. Sigúeme, despa­cio. Si creen que soy yo no se detendrán. Les gusta que las mire.

Subimos por la estrecha escalera.

–Soy yo –anunció Mafouka.

Los ruidos no se interrumpieron. Al llegar arri­ba me agaché para que no pudieran verme. Mafouka se dirigió a la cama, donde las dos chicas, desnudas, se abrazaban, restregándose la una contra la otra. La fricción les procuraba placer. Mafouka se inclinó sobre ellas y las acarició.

–Ven, Mafouka –la invitaron–, acuéstate con nosotras.

Pero ella las dejó y me condujo de nuevo esca­leras abajo.

–¿Qué eres, Mafouka? –le pregunté–. ¿Hom­bre o mujer? ¿Por qué vives con dos mujeres? Si eres un hombre, ¿por qué no tienes una mujer para ti solo? Y si eres una mujer, ¿por qué, de vez en cuando, no tienes relación con un hombre?

Mafouka me sonrió.

–Todo el mundo quiere saberlo, todo el mundo piensa que no soy un hombre. Las mujeres lo sien­ten; los hombres no están seguros. Yo soy un artista.

–¿Qué quieres decir, Mafouka?

–Quiero decir que, como muchos artistas, soy bisexual.

–Sí, pero la bisexualidad de los. artistas radica en su naturaleza. Hay hombres con naturaleza de mujer, pero no con un físico equívoco, como tú.

–Tengo cuerpo de hermafrodita.

–¡Oh, Mafouka, déjame verlo!

–¿No me harás el amor?

–Te prometo que no.

Se despojó en primer lugar de la camisa y mostró un torso de adolescente. No tenía pechos, y sus tetillas eran las de un muchacho. Luego se bajó los pantalones y dejó ver unas bragas de color carne, con encajes. Tenía piernas y muslos de mujer, redondeados y plenos. Llevaba medias y ligas.

–Déjame que te quite las ligas –le pedí–. Me gustan las ligas.

Me alargó la pierna con elegancia, con gesto de bailarina. Le bajé lentamente la liga. Sostuve en mi mano su delicado pie. Miré sus piernas, que eran perfectas. Le enrollé la media y descubrí un cutis femenino, hermoso, suave. Sus pies eran elegantes; sus uñas estaban cubiertas de laca roja. Cada vez me sentía más intrigado. Acaricié su pierna.

–Me prometiste que no me harías el amor –ad­virtió.

Me puse en pie. Ella se bajó las bragas. Y vi que bajo el delicado y rizado vello púbico, de forma femenina, poseía un pequeño pene atrofiado, como el de un niño. Me permitió que la mirase –o que lo mirase, como me parecía ahora que debía decir.

–¿Por qué utilizas un nombre de mujer, Ma­fouka? En realidad eres como un niño, salvo por la forma de tus piernas y tus brazos.

Mafouka se echó a reír, esta vez con una risa femenina, agradable y ligera.

–Ven y mira –me dijo.

Se tendió en el diván, abrió las piernas y me mostró la boca perfecta de una vulva, rosada y tier­na, detrás del pene.

–¡Mafouka!

Se despertó mi deseo. El más extraño de los deseos. La sensación de querer poseer a un hombre y a una mujer en una misma persona. Advirtió mi agitación y se sentó. Traté de vencerla con una ca­ricia, pero me esquivó.

–¿No te gustan los hombres? –le pregunté–. ¿Nunca has estado con un hombre?

–Soy virgen. No me gustan los hombres. Sólo me inspiran deseo las mujeres, pero no puedo to­marlas como un hombre. Mi pene es como el de un niño; no consigo una erección.

–Eres un hermafrodita de verdad, Mafouka –reconocí–. Esto es lo que ha producido nuestra época, porque la tensión entre lo masculino y lo fe­menino se ha roto. La mayor parte de la gente es mitad y mitad. Pero yo nunca lo había visto así, quiero decir físicamente. Debe hacerte muy desdi­chada. ¿Eres feliz con las mujeres?

–Deseo a las mujeres, pero sufro, porque no puedo tomarlas como un hombre, y también porque si me toman como lo hacen las lesbianas, no quedo satisfecha. Los hombres no me atraen. Me enamoré de Matilda, la modelo, pero no la pude conservar. Encontró a una lesbiana de verdad, una a la que puede satisfacer. Este pene mío siempre le produce la sensación de que no soy una auténtica lesbiana. Y ella sabe que no tiene poder sobre mí, pese a que me atrae. Así que ya ves, las dos chicas se han uni­do. Yo permanezco entre ellas, perpetuamente insa­tisfecha. Además no me gusta la compañía de mu­jeres. Son mezquinas y egoístas, se agarran a sus misterios y secretos, actúan y fingen. Prefiero el ca­rácter de los hombres.

–Pobre Mafouka.

–Pobre Mafouka. Cuando nací, no supieron cómo llamarme. Vine al mundo en una aldea de Rusia. Creyeron que era un monstruo y que, tal vez, sería mejor destruirme, por mi propio bien. Cuando llegué a París sufrí menos, pues resultó que era un buen artista."

Siempre que abandonaba el taller del escultor, me detenía en un café cercano y pensaba en todo lo que me había dicho Millard. Me preguntaba si algo así ocurría a mi alrededor, en Greenwich Vi­llage, por ejemplo. Comenzó a gustarme posar, por el aspecto aventurero de la profesión. Decidí acudir a una fiesta, un sábado por la noche, a la que un pintor llamado Brown me había invitado. Me sentía ansiosa y llena de curiosidad.

En el departamento de vestuario del Art Model Club, alquilé un traje de noche, una capa y unos zapatos apropiados. Dos modelos me acompañaron, una pelirroja llamada Mollie y Ethel, una mujer es­cultural, la favorita de los escultores.

Mi cabeza estaba llena de las historias de la vida en Montparnasse que me había contado el escultor, y ahora sentía que estaba penetrando en su reino. Mi primera decepción fue comprobar que el taller era muy pobre y desangelado: dos catres sin almo­hadones, iluminación cruda y ninguno de los ador­nos que yo imaginaba necesarios para una fiesta.

Las botellas estaban en el suelo, junto con vasos y copas desportillados. Una escalera de mano llevaba a la galería donde Brown tenía sus pinturas. Una delgada cortina ocultaba el lavabo y un pequeño hornillo de gas. De una pared colgaba una pintura erótica que representaba a una mujer poseída por dos hombres. Se la veía presa de convulsiones, con el cuerpo arqueado y los ojos en blanco. Los hom­bres la cubrían, uno con el pene dentro de ella y el otro con el miembro en su boca. Era una pintura de tamaño natural y muy primaria. Todo el mundo la miraba y la admiraba. Yo estaba fascinada. Era la primera pintura de ese tipo que veía, y me pro­dujo un tremendo choque de sentimientos confusos.

Al lado había otra de más impacto aún. Mos­traba una habitación pobremente amueblada, ocu­pada por una gran cama de hierro. Sentado en ella había un hombre de unos cuarenta años, vestido con ropa vieja, el rostro sin afeitar, una boca babeante, pupilas extraviadas, mandíbula caída y ex­presión completamerfte degenerada. Tenía los pan­talones medio bajados, y sobre sus desnudas rodillas estaba sentada una niña con una falda muy corta.

El hombre le estaba dando un dulce. Las desnudas piernecitas de la niña descansaban sobre las pier­nas desnudas y vellosas del individuo.

Lo que sentí al ver aquellas dos pinturas fue lo que se experimenta cuando se bebe: aturdimiento súbito, calor por todo el cuerpo, confusión de los sentidos. Algo nebuloso y obscuro se despierta en el cuerpo, una nueva sensación, una nueva clase de ansiedad y de inquietud.

Miré a las demás personas que había en la habi­tación, pero habían visto tantas cosas parecidas que no le daban ninguna importancia. Se reían y char­laban.

Una modelo hablaba de sus experiencias en una tienda de ropa interior:

"Contesté a un anuncio que solicitaba una mo­delo para posar en ropa interior para figurines. An­teriormente lo había hecho muchas veces, y se pa­gaba el precio normal de un dólar por hora. Por lo general varios artistas trabajaban al mismo tiempo, y había mucha gente alrededor: secretarias, taquí­grafas, botones. Aquella vez el lugar estaba vacío. No era más que una oficina con una mesa, archiva­dores y material de dibujo. Un hombre me esperaba sentado frente a la mesa. Me entregó un montón de prendas interiores y me señaló un biombo tras el cual podía cambiarme. Empecé llevando una com­binación. Posé quince minutos, y en ese tiempo el hombre hizo sus dibujos.

Trabajábamos tranquilos. Cuando él hacía una señal, yo me iba tras el biombo y me cambiaba. Se trataba de prendas de raso de diseño encantador, con puntillas y finos bordados. Me puse un sostén y unas bragas. El hombre fumaba y dibujaba. En el fondo del montón había unas bragas y un sostén hechos enteramente de encaje negro. Había posado muchas veces desnuda, y no me importó ponérme­los. Eran preciosos.

La mayor parte del tiempo miraba por la ven­tana, no al hombre que dibujaba. Al cabo de un rato dejé de oír el ruido del lápiz y me volví ligera­mente hacia él, sin perder la pose. El hombre seguía sentado tras la mesa mirándome fijamente. Entonces me di cuenta de que se había sacado el pene y se hallaba en una especie de trance.

Pensé que las cosas podían complicarse, puesto que estábamos solos en la oficina, y me dirigí hacia el biombo para vestirme.

–No se vaya –me dijo–. No la tocaré. Es que me gusta ver a las mujeres en ropa interior. No me moveré de aquí. Y si quiere usted que le pague más, todo lo que tiene que hacer es vestir mis pren­das favoritas y posar durante quince minutos. Le daré cinco dólares más. Puede cogerlas usted mis­ma; están a la derecha, encima de su cabeza, en el estante.

Bueno, pues alcancé el paquete. Era la ropa interior más bonita que he visto en mi vida, hecha de encaje negro finísimo, como una tela de araña. Las bragas estaban caladas por detrás y por delante, ribeteadas por una delicada puntilla. El sostén estaba cortado de tal manera que dejaba ver los pezones a través de unos triángulos. Me preguntaba si aque­llo no excitaría demasiado al hombre, y si no me atacaría.

–No se inquiete –me tranquilizó–. En reali­dad, no me gustan las mujeres. Nunca las toco. Me gusta sólo la ropa interior. Me gusta ver a las mu­jeres en ropa interior. Si la tocara a usted me vol­vería impotente en seguida. No me moveré de aquí.

Apartó la mesa y se sentó con el pene fuera. De vez en cuando se estremecía. Pero no se movió de la silla.

Decidí ponerme aquellas prendas. Los cinco dó­lares me tentaban. El no era muy fuerte, y llegado el caso, podría defenderme de él. Así que me puse las bragas caladas y di vueltas para que pudiera verme por todos los lados.

–Ya basta –decidió de pronto.

Parecía turbado, y su rostro estaba congestio­nado. Me pidió que me vistiera rápidamente y me fuera. Me entregó el dinero a toda prisa y me mar­ché Tuve la sensación de que esperaba que me marchara para masturbarse.

He conocido a hombres así, que roban un zapa­to a alguien, a una mujer atractiva, y se masturban mirándolo."

Todo el mundo rió con esta historia.

–Creo –dijo Brown– que de niños estamos mucho más inclinados a ser fetichistas de una forma o de otra. Recuerdo que me escondí en el guarda­rropa de mi madre y me extasiaba oliendo y tocando sus vestidos. Aún hoy no puedo resistir a una mujer que lleve un velo, un tul o unos adornos de plumas, porque despierta en mí las extrañas sensaciones que experimentaba en el guardarropa.

Mientras contaba aquello recordé que también yo, cuando contaba trece años, me escondí en el guardarropa de un joven, y por la misma razón. El tenía veinticinco años y me trataba como a una chiquilla, pero yo estaba enamorada de él. Sentada a su lado en el coche en el que nos llevaba a dar largos paseos, el simple contacto de su pierna con la mía me producía el éxtasis. Por la noche, me metía en la cama, apagaba la luz y sacaba una lata de leche condensada en la que había practicado un orificio. Me sentaba a obscuras chupando la leche dul­ce con una inexplicable sensación voluptuosa en todo el cuerpo. Pensé entonces que estar enamorada y sorber la leche dulce guardaban relación. Lo re­cordé mucho tiempo después cuando probé el esperma por primera vez.

Mollie contó que a la misma edad le gustaba comer jengibre mientras olía bolas de alcanfor. El jengibre le ponía el cuerpo cálido y lánguido, y las bolas de alcanfor la mareaban un poco. Se sumía de este modo en una especie de estado de embriaguez por drogas y permanecía echada durante horas.

Ethel se volvió hacia mí y me dijo:

–Espero que nunca te cases con un hombre al que no desees sexualmente. Eso es lo que yo he hecho. De él me gusta todo: cómo se comporta, su rostro, su cuerpo, su forma de trabajar, cómo me trata, sus pensamientos, su forma de reír y de ha­blar, todo excepto el hombre sexual que hay en él. Antes de casarnos pensaba que me gustaba. No es que tenga nada malo, al contrario. Es un amante perfecto. Es emotivo y romántico, y demuestra que tiene sentimientos y experimenta placer. Es sensi­ble y me adora. La otra noche, mientras yo dormía, vino a mi cama. Me despertó a medias y no pude controlarme; suelo hacerlo porque no quiero herir sus sentimientos. Se echó a mi lado y me penetró, lentamente, con parsimonia. Por regla general todo termina en seguida, y por eso se puede aguantar. Si puedo ni siquiera le permito que me bese, por­que odio su boca sobre la mía. Suelo volver la cara, y eso hice esa noche. Bueno, pues allí estaba él, ¿y qué crees que hice? De pronto, empecé a golpearle en el hombro con los puños cerrados, mientras él gozaba; le clavé las uñas y él lo interpretó como signo de que yo estaba disfrutando, de que me es­taba volviendo salvaje a causa del placer. Entonces murmuré lo más bajo que pude: «Te odio.» Me pre­gunté si me habría oído. ¿Qué pensaría? ¿Se sen­tiría herido? Como él también estaba medio dor­mido, se limitó a darme un beso de buenas noches al terminar y se volvió a su cama. A la mañana si­guiente esperé a ver qué decía. Aún creía que me había oído decirle: «Te odio.» Pero no; sin duda no llegué a pronunciar esas palabras. Se limitó a decirme: «Estabas muy salvaje anoche, ¿sabes?», y sonrió, como si le hubiese gustado.

Brown puso en marcha el fonógrafo y empezamos a bailar. El poco alcohol que había tomado se me había subido a la cabeza. Sentí que todo el univer­so se dilataba. Todo parecía muy suave y sencillo. Todo, en efecto, se precipitaba; era como si pudiera deslizarme sin esfuerzo por una colina nevada. Sen­tía gran amistad por toda la gente que iba cono­ciendo. Pero escogí como pareja al más tímido de los pintores. Advertí que su pretendida familiaridad con todo aquello era, como la mía, completamente fingida. Comprendí que, en el fondo, se sentía algo incómodo. Los otros pintores acariciaban a Ethel y Mollie mientras bailaban. Este no se atrevía. Yo reía para mis adentros por haberlo descubierto. Brown vio que mi pintor no hacía ninguna insinua­ción, y vino a bailar conmigo. Se dedicó a hacer ob­servaciones maliciosas sobre las vírgenes. Me pre­gunté si estaba aludiendo a mí. ¿Cómo podía sa­berlo? Se apretaba contra mi cuerpo; por fin me alejé y volví al pintor joven y tímido. Una ilustra­dora estaba flirteando con él, atormentándolo. Se alegró tanto como yo de que volviéramos a estar juntos. Y bailamos, recluidos en nuestra propia ti­midez. A nuestro alrededor la gente se besaba y se abrazaba.

La ilustradora se había quitado la blusa y bai­laba en combinación.

–Si nos quedamos –dijo el pintor tímido–, pronto tendremos que tendernos en el suelo y ha­cer el amor. ¿Quieres que nos vayamos?

–Sí, vamonos.

Salimos. En vez de hacerme el amor hablaba y hablaba. Yo le escuchaba aturdida. Tenía la idea de cómo me iba a hacer un retrato. Me pintaría como una mujer de las profundidades del mar, ne­bulosa, transparente, verde, acuosa a excepción de la boca, muy roja, y de la flor que llevaría en el pelo, muy roja también. Me preguntó si quería po­sar para él. No le contesté al instante por los efec­tos del licor y dijo en tono de disculpa:

–¿Te sabe mal que no haya sido más brusco?

–No; no me sabe mal. Te escogí porque sabía que no ibas a serlo.

–Es la primera fiesta a la que asisto –confesó con humildad–, y tú no eres mujer a la que se pueda tratar de esa manera. ¿Cómo llegaste a ser modelo? ¿Qué hacías antes? Una modelo no tiene por qué ser una prostituta, ya lo sé, pero tiene que soportar gran cantidad de manoseos e intentos.

–Me las arreglo muy bien.

Aquella conversación no me gustaba en absoluto.

–Me ocuparé de ti. Sé que algunos artistas son objetivos mientras trabajan; lo sé bien. Creo que yo soy así. Pero siempre hay un momento, antes y después, cuando la modelo se desnuda y se viste, en que me siento turbado. Es la primera sorpresa al ver un cuerpo. ¿Qué sentiste la primera vez?

–Nada en absoluto. Me sentí como si fuera ya una pintura. O una estatua. Miré mi cuerpo como si se tratase de un objeto, un objeto impersonal.

Me estaba entristeciendo, entristeciendo de in­quietud y de ansiedad. Pensé que nunca me suce­dería nada. Experimenté con desesperación el de­seo de ser una mujer, de zambullirme en la vida. ¿Por qué me esclavizaba aquella necesidad de ena­morarme primero? ¿Dónde iba a empezar mi vida? En cada estudio en que entraba esperaba el mila­gro que no se producía. Me parecía que en torno a mí fluía una gran corriente, de la que yo estaba al margen. Tenía que encontrar a alguien que sin­tiera lo mismo que yo. Pero ¿dónde? ¿Dónde?

La esposa del escultor le vigilaba, era evidente. Entraba con frecuencia en el taller, siempre ines­peradamente. El se sobresaltaba. Yo no sabía qué era lo que le asustaba. Una vez me invitaron a pasar dos semanas en su casa de campo, donde continua­ría posando. En realidad, fue ella quien me invitó; me dijo que a su marido no le gustaba interrumpir el trabajo durante las vacaciones. Pero tan pronto se hubo marchado, el escultor me dijo:

–Busca una excusa para no ir. Te hará la vida im­posible. Está enferma; tiene obsesiones. Cree que to­das las mujeres que posan para mí son mis amantes.

Eran días frenéticos: corría de un taller a otro, con muy poco tiempo para comer, posando para cubiertas de revistas, para ilustraciones de relatos y para anuncios. Podía ver mi rostro en todas par­tes, incluso en el Metro. Me preguntaba si la gente me reconocía.

El escultor se había convertido en mi mejor ami­go. Yo tenía ganas de ver terminada la estatuilla. Una mañana, al llegar, vi que la había estropeado. Dijo que era porque había intentado terminarla en mi ausencia. Pero no parecía desdichado ni inquie­to. Yo, en cambio, estaba muy triste, y me parecía un sabotaje, pues la estatuilla tenía aspecto de ha­ber sido dañada torpemente. Me di cuenta, sin em­bargo de que él se sentía feliz de poder empezar de nuevo desde el principio.

Cuando conocí a John en el teatro, descubrí el poder de la voz. Me llegaba como los tonos de un órgano, haciéndome vibrar. Cuando repitió mi nom­bre y lo pronunció mal, me sonó como una caricia. Era la voz más profunda y rica que había oído. Apenas podía mirarlo. Sabía que sus ojos eran gran­des, de un azul intenso y magnético, y que él era ancho y más bien inquieto. Movía el pie nerviosa­mente, como un caballo de carreras. Yo sentía que su presencia desdibujaba todo lo demás: el teatro, la amiga sentada a mi derecha. Y él se comportaba como si yo le hubiera hechizado, como si le hubiera hipnotizado. Seguía hablando y me miraba, pero yo no le escuchaba. En un momento había dejado de ser una chiquilla; cada vez que hablaba, me sentía caer en una especie de vertiginoso torbellino, caer en las mallas de una voz hermosa. Era una verda­dera droga. Cuando finalmente me hubo «robado», como él dijo, llamó un taxi.

No pronunciamos palabra hasta que llegamos a su apartamento. No me había tocado. No necesitó hacerlo. Su presencia me había afectado de tal ma­nera, que me sentía como si me hubiera acariciado durante mucho tiempo.

Se limitó a pronunciar dos veces mi nombre, como si lo encontrara tan hermoso como para re­petirlo. Era alto y resplandeciente. Sus ojos eran de un azul tan intenso que cuando parpadeaban era como si, por un segundo, se descargara un mi­núsculo relámpago, que me daba miedo; miedo de una tempestad que se me tragara completamente.

Me besó. Su lengua se enroscó en la mía, dando vueltas y vueltas, y luego se detuvo para tocar sólo el extremo. Mientras me besaba, me levantó lenta­mente la falda. Me bajó las ligas y las medias, luego me tomó en brazos y me condujo a la cama. Me ha­llaba tan derretida, que creí que ya me había pene­trado. Me pareció que su voz me había abierto; que todo mi cuerpo se había abierto para él. Lo ha­bía advertido, y le sorprendió que su miembro en­contrara tanta resistencia.

Se detuvo y me miró a la cara. Vio la gran re­ceptividad emocional que reflejaba y acentuó su pre­sión. Sentí la rasgadura y el dolor, pero la cali­dez lo desvaneció todo; la calidez de su voz que me decía al oído:

–¿Me deseas como yo te deseo?

El placer le hizo gemir. Con todo su peso sobre mí, apretándose contra mi cuerpo, hizo que se des­vaneciera la punzada de dolor. Experimenté el pla­cer de sentirme abierta. Me recosté, casi soñando.

–Te he lastimado –dijo John–. No has senti­do placer.

Yo no podía ni decirle: «Lo quiero otra vez.» Mi mano tocó su miembro. Lo acarició. Se irguió, muy endurecido. John me besó hasta que me inva­dió una nueva oleada de deseo, de deseo de respon­der completamente. Pero dijo:

–Ahora te haría daño. Espera un poco. ¿Puedes quedarte conmigo toda la noche...? ¿Quieres que­darte...?

Vi sangre en mi pierna y fui a lavármela. Me pa­reció que aún no había sido poseída, que aquello había sido sólo una parte de la penetración. Quería que me tocara, quería conocer placeres enceguecedores. Caminé con pasos torpes y me dejé caer de nuevo en la cama.

John dormía, con su gran cuerpo aún curvado como cuando yacía apretado contra mí, y con el brazo extendido hacia donde había descansado mi cabeza. Me deslicé a su lado y me adormecí. Quería tocarle de nuevo el miembro. Lo hice muy despacio, para no despertarlo. Luego me dormí; me desper­taron sus besos. 

Flotábamos en un mundo obscuro de carne sintiendo vibrar sólo esa carne suave, y cada contacto era un placer. Me asió de las cade­ras y me atrajo hacia sí. Temía lastimarme. Separé las piernas. Cuando introdujo el pene me dolió, pero el placer era mayor. Había como una zona ex­terior dolorida y, en lo profundo, placer por la pre­sencia de su miembro moviéndose allí. Empujé has­ta encontrarlo.

Esta vez se mostró pasivo.

–Muévete y disfruta tú ahora –me dijo.

Para que no me doliera, me moví con suavidad alrededor de su pene. Coloqué los puños cerrados bajo mi espalda para elevarme hacia él. Hizo que mis piernas rodearan sus hombros. Luego el dolor aumentó, y se retiró.

Le dejé por la mañana, aturdida, pero con la alegría de sentir que me iba aproximando a la pa­sión. Me fui a casa y dormí hasta que me telefoneó.

–¿Cuándo vienes? –me preguntó–. Tengo que verte otra vez. Pronto. ¿Vas a posar hoy?

–Sí, he de hacerlo. Iré después de la sesión.

–Por favor, no poses; por favor, no poses. Me desespera pensarlo. Ven a verme primero. Quiero hablarte. Por favor, ven a verme primero.

Y fui.

–Oh –exclamó, quemándome el rostro con el aliento de su deseo–, no puedo soportar la idea de que vayas a posar, a exhibirte. No puedes hacer­lo más. Deja que me haga cargo de ti. No puedo casarme contigo porque tengo esposa e hijos. 

Déjame que te proteja hasta que veamos cómo podemos escapar. Buscaré algún lugar donde podamos ver­nos. No poses más. Me perteneces.

Inicié así una vida secreta, y cuando se suponía que estaba posando para alguien, en realidad es­taba aguardando a John en una hermosa habitación. Cada vez que nos encontrábamos me traía un regalo, un libro, o papel de escribir de colores. Yo le espe­raba con impaciencia.

La única persona a quien confié mi secreto fue al escultor, había adivinado lo que estaba sucedien­do. No quería que dejara de posar, y me interrogó. Me predijo cómo iba a ser mi vida.

La primera vez que experimenté un orgasmo con John, lloré, porque fue tan fuerte y tan maravilloso que no creí que pudiera repetirse una y otra vez. Los únicos momentos dolorosos fueron los de la espera. Me bañaba, me pintaba las uñas, me perfu­maba, me coloreaba los pezones con carmín, me cepillaba el pelo y me ponía un négligé; todos es­tos preparativos dirigían mi imaginación a las es­cenas que iban a desarrollarse.

Quería que me encontrara en el baño. Me decía que estaba en camino. Pero no llegaba. A menudo se retrasaba. Y cuando llegaba yo estaba fría y re­sentida. La espera desgastaba mis sentimientos. Me rebelé. Una vez me propuse no abrirle la puerta.

Pero llamó con golpes suaves y humildes, me con­movió, y le dejé entrar. Sin embargo, seguía airada y quería herirle. No respondí a sus besos. Se sintió herido, hasta que su mano se deslizó bajo mi négligé y pese a que yo mantenía las piernas bien apre­tadas me encontró húmeda. De nuevo se puso con­tento y se abrió paso a la fuerza.

Después le castigué no respondiendo sexualmente, y eso le hirió de nuevo, porque gozaba con mi placer. El sabía muy bien lo que yo sentía, por los violentos latidos de mi corazón, por las inflexiones de mi voz, por las contracciones de mis piernas. Pero esa vez me mantuve inerte como una prosti­tuta, lo cual le dolía profundamente.

Nunca podíamos salir juntos. Tanto él como su mujer eran demasiado conocidos. El era productor, ella escribía teatro.

Pese a que John descubrió lo mucho que me molestaba tener que esperarle, no trató de poner remedio a la situación. Cada vez llegaba más tarde. Decía que vendría a las diez y se presentaba a media­noche. Hasta que un día, cuando llegó, yo ya no estaba. Eso le puso frenético. Pensó que no iba a volver. Por mi parte, estaba convencida de que él actuaba de aquella forma a propósito, de que le gustaba hacerme enfadar. Al cabo de dos días, en­ternecida por sus súplicas, regresé. Ambos tenía­mos los nervios de punta y estábamos airados.

–Has vuelto a posar –me dijo–. Te gusta. Te gusta exhibirte.

–¿Por qué me haces esperar tanto tiempo? Sa­bes que eso mata mi deseo por ti. Me siento fría cuando vienes tarde.

–No tan fría.

Cerré las piernas con firmeza contra él para que no pudiera tocarme. Pero se introdujo con ra­pidez por detrás y me acarició.

–No tan fría –repitió.

En la cama, empujó con la rodilla entre mis piernas y me obligó a separarlas.

–Cuando estás enfadada es como si te estuviera violando. Siento que me quieres tanto que no pue­des oponer resistencia, veo que estás húmeda, y me gustan tu resistencia y tu derrota.

–John, me harás enfadar tanto que te dejaré.

Eso le asustó. Me besó. Me juró que aquello no se repetiría.

Lo que yo no podía comprender era que, a pe­sar de nuestras peleas, hacer el amor con John me iba volviendo cada vez más sensible. El había des­pertado mi cuerpo, y ahora yo tenía un deseo ma­yor de abandonarme a todos los caprichos. Debió darse cuenta, pues cuanto más me acariciaba, cuan­to más despertaba mi cuerpo, más temía que volvie­ra a posar. Poco a poco, en efecto, volví a hacerlo. Tenía demasiado tiempo, pensaba demasiado en John.

Millard fue el que más se alegró de verme. Ha­bía deshecho de nuevo la estatuilla, y esta vez se­guro que a propósito, para que yo permaneciera en la postura que le gustaba.

La noche anterior había fumado marihuana con unos amigos.

–¿Sabes que muy a menudo da la sensación de que te has transformado en animal? –preguntó–. Anoche le ocurrió a una mujer. Se puso a caminar como un perro a cuatro patas. Nos quitamos la ropa. Quería que fuéramos sus cachorros, que nos echáramos al suelo y le chupáramos los pechos. Se mantenía a gatas y nos ofrecía sus senos. Quería que también nosotros camináramos como perros, que la siguiéramos. Insistió en que la tomáramos en esa postura, por detrás, y yo lo hice, pero al montarla sentí una terrible tentación de pegarle un mordisco. La mordí en el hombro, más fuerte de lo que nunca había mordido a nadie. La mujer no se asustó, pero yo sí. Eso me despejó. Me puse de pie y entonces vi que un amigo mío la seguía a cuatro patas, pero no la acariciaba ni la montaba, sino que se limitaba a olisquearla igual que lo hu­biera hecho un perro, y eso me recordó tanto mi primera impresión sexual, que tuve una dolorosa erección.

De niños, en el campo, teníamos una criada muy corpulenta que procedía de la Martinica. Lle­vaba faldas muy anchas y un pañuelo de colores en la cabeza. Era una mulata más bien pálida, muy hermosa. Nos hacía jugar al escondite. Cuando me tocaba esconderme, me ocultaba bajo su falda, sen­tado. Y allí me quedaba, medio sofocado, escondido entre sus piernas. Recuerdo el olor sexual que ema­naba de ella y que ya de niño me excitaba. Una vez intenté tocarla, pero me pegó en la mano.

Yo permanecía inmóvil en mi pose, y se me acer­có para medirme con un instrumento. Sentí sus manos en mis muslos, acariciándome con mucha suavidad. 

Le sonreí. Permanecí en mi pose, pero seguía acariciándome las piernas, como si me es­tuviera moldeando con barro. Me besó los pies mien­tras sus manos recorrían una y otra vez mis nalgas. Luego se recostó contra mis piernas y me besó. Me levantó y me tendió en el pavimento. Me apretaba contra sí, me acariciaba la espalda, los hombros y el cuello. Yo temblaba un poco. Sus manos eran suaves y flexibles. Me tocaba como tocaba la esta­tuilla, con largas caricias, de arriba abajo.

Nos dirigimos al diván y allí me tendió boca abajo. Se despojó de su ropa y cayó sobre mí. Sentí su pene contra mis nalgas. Deslizó las manos en torno a mi cintura, y me levantó un poco para po­der penetrarme. Me atraía hacia sí rítmicamente. Cerré los ojos para sentirlo mejor y para escuchar el sonido del miembro que se deslizaba en la humedad. Empujaba con tal violencia que produjo unos ruiditos que me llenaron de gozo.

Sus dedos se clavaban en mi carne. Sus afiladas uñas me hacían daño. Me excitó tanto con sus arre­metidas, que se me abrió la boca y me encontré mordiendo la tapicería del sofá. De pronto oímos un ruido. Millard se levantó apresuradamente, reco­gió su ropa y subió por la escalerilla a la galería donde se hallaba la escultura. Yo me deslicé tras el biombo.

Se oyó un segundo golpe en la puerta del taller y entró la esposa del escultor. Yo estaba temblando, no de miedo, sino de decepción porque nuestro goce había sido interrumpido. La mujer de Millard vio el taller vacío y se marchó. Millard volvió ya ves­tido.

–Espérame un minuto –le dije, y empecé tam­bién a vestirme.

El momento había sido destruido. Aún me en­contraba húmeda y temblorosa. Cuando me puse las bragas, el contacto con la seda me hizo el efecto de una mano. No podía soportar por más tiempo la tensión y el deseo. Me coloqué las manos sobre el sexo, como había hecho Millard, y lo oprimí, ce­rrando los ojos e imaginando que era él quien me acariciaba. Alcancé el orgasmo, temblando de pies a cabeza.

Millard quería estar conmigo otra vez, pero no en su taller, donde podía sorprendernos su mujer, así que tuvimos que esperar a que encontrara otro lugar. Un amigo le prestó su casa. Sobre la cama, situada en una profunda alcoba, había un espejo y varias lámparas. Millard las apagó, porque quería estar conmigo a obscuras.

–He visto tu cuerpo y lo conozco a la perfec­ción; ahora, con los ojos cerrados, quiero sentir tu piel y la suavidad de tu carne. ¡Tus piernas son fir­mes y fuertes, pero tan delicadas al tacto! Me gus­tan tus pies, tus dedos libres y sueltos como los dedos de la mano, tus uñas tan bien pintadas, tus tobillos y tus rodillas.

Su mano recorría lentamente todo mi cuerpo, presionando la carne, deteniéndose en cada curva.

–Si pongo la mano aquí, entre tus piernas –me dijo–, ¿lo notas, te gusta, la quieres más cerca?

–Sí, más cerca, más cerca.

–Voy a enseñarte algo –prosiguió Millard–. ¿Me dejas que lo haga?

Introdujo un dedo en mi sexo.

–Ahora quiero que te contraigas alrededor de mi dedo. Hay ahí un músculo que puede contraerse y dilatarse en torno al pene. Prueba.

Probé. Su dedo era tentador. Como no lo movía, intenté mover yo el interior del sexo, y sentí, al principio sólo débilmente, cómo se abría y cerraba alrededor de su dedo el músculo que él había men­cionado.

–Así –aprobó Millard–. Hazlo más fuerte, más fuerte.

Y lo hice: abrir, cerrar, abrir, cerrar. Era como si tuviera dentro una boquita que apretaba el dedo. Quería agarrarlo y aspirarlo, y continué probando.

Millard dijo entonces que iba a introducir el pene, que permanecería quieto y que continuara moviéndome por dentro. Traté, cada vez con más fuerza, de agarrarle el miembro, y ese movimiento me fue excitando hasta que sentí que en cualquier momento alcanzaría el orgasmo. Después de haber atrapado y aspirado el pene varias veces, mi com­pañero gimió de placer y comenzó a empujar apri­sa, como si él mismo no pudiera ya reprimir el suyo. Me limité a proseguir mi movimiento interno, y al­cancé el orgasmo, de la manera más maravillosa y profunda, en el fondo de mis entrañas.

–¿No te había enseñado esto John?

–No.

–¿Qué te enseñaba?

–Esto. Arrodíllate sobre mí y empuja.

Millard obedeció. Su pene no tenía mucha fuer­za, porque el primer orgasmo era demasiado recien­te, pero lo introdujo ayudándose con la mano. Yo adelanté las mías, le acaricié los testículos, le puse dos dedos en la base del miembro y seguí acaricián­dole al tiempo que se movía. Se excitó al instante, el pene se le endureció y empezó a moverse de nuevo adentro y afuera. Pero pronto se detuvo.

–No debo ser tan exigente –dijo en un tono extraño–. Luego estarás cansada para John.

Nos echamos y descansamos mientras fumába­mos. Me preguntaba si Millard había experimentado algo más que deseo sensual, si mi amor por John no le habría trabado. Pero aunque siempre había un tono apesadumbrado en sus palabras, continuó haciéndome preguntas:

–¿Te ha poseído hoy John? ¿Más de una vez? ¿Cómo lo ha hecho?

En las semanas que siguieron, Millard me enseñó muchas cosas que yo desconocía, y en cuanto las hube aprendido las probé con John. Sabía que no había hecho nunca el amor antes de hacerlo con él. La primera vez que apreté los músculos para aga­rrarle el pene se quedó estupefacto.

Ambas relaciones secretas se me hicieron difí­ciles, pero yo disfrutaba del peligro y de la intensidad.

FIN

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