jueves, 27 de julio de 2017

Anaïs Nin - El anillo

Es costumbre entre los indios del Perú intercambiar anillos al prometerse en matrimonio, anillos que hayan sido de su propiedad durante mucho tiempo y que, a veces, tienen forma de cadena.

Un indio muy apuesto se enamoró de una perua­na de ascendencia española, pero chocó con la violenta oposición de la familia de la muchacha. Los indios tenían fama de perezosos y degenerados, y se decía que producían hijos débiles e inestables, sobre todo si se casaban con personas de sangre española.

A pesar de la oposición, los jóvenes celebraron con sus amigos la ceremonia de compromiso. El padre de la chica se presentó durante la fiesta y ame­nazó con que si alguna vez encontraba al indio lle­vando el anillo en forma de cadena que la muchacha le había dado, se lo arrancaría del dedo de la mane­ra más sangrienta, y que si era necesario le cortaría el dedo. Este incidente estropeó la fiesta. Todo el mundo se fue a casa, y la joven pareja se separó prometiéndose encontrarse en secreto.

Se encontraron una noche después de muchas dificultades, y se besaron con fervor, largamente. La mujer, exaltada por los besos, estaba dispuesta a entregarse, sintiendo que aquél podría ser su último momento de intimidad, ya que la ira de su padre iba día a día en aumento. Pero el indio estaba decidido a casarse y no quería poseerla en secreto. Entonces ella se dio cuenta de que no llevaba el anillo en el dedo. Le interrogó con los ojos. El le dijo al oído:

–Lo llevo donde no puede ser visto, en un lugar en que me impedirá tomarte a ti o a cualquier otra mujer antes de que nos casemos.

–No comprendo. ¿Dónde está el anillo?

El indio tomó su mano y la condujo a cierto lugar entre sus piernas. Los dedos de la mujer dieron primero con el pene, y luego los guió hasta encontrar el anillo, en la base del miembro. Pero al sentir la mano de la muchacha, el pene se endu­reció y él lanzó un grito, pues el anillo le presionaba y le producía un dolor muy agudo.

La mujer estuvo a punto de desmayarse de ho­rror. Era como si quisiera matar y mutilar el deseo en sí mismo. Al propio tiempo, pensar en ese pene sujeto y rodeado por su anillo la excitaba sexualmente, y su cuerpo se tornó cálido y sensible a toda clase de fantasías eróticas. Continuó besándole, mas le rogó que se detuviera, pues le causaba un daño cada vez mayor.

Pocos días más tarde, el indio sufría de nuevo terriblemente, pero no podía quitarse el anillo. Tuvo que venir el médico y extraérselo.

La mujer fue a verlo y se declaró dispuesta a huir con él. Aceptó. Montaron a caballo y viajaron toda una noche, hasta llegar a un pueblo suficiente­mente lejano. Allí ocultó a su amada en una habitación y salió a buscar trabajo en una hacienda. La joven no debía abandonar su encierro hasta que su padre se cansara de buscarla. El único que sabía de su presencia era el vigilante nocturno del pueblo, un joven que había ayudado a esconderla. Desde la ventana, ella lo veía caminar arriba y abajo con un manojo de llaves, gritando:

–¡La noche es clara y no hay novedad en el pue­blo!

Cuando alguien regresaba tarde a casa, batía palmas para llamar al vigilante. Este le abría la puerta. Mientras el indio estaba fuera, trabajando, el vigilante y la mujer charlaban inocentemente.

Cierta vez le habló del crimen cometido en el pueblo poco tiempo antes. Los indios que abandonaban la montaña y, dejando su trabajo en las haciendas, se iban a la selva se volvían salvajes, como bestias. Sus rostros cambiaban, y sus figuras gentiles y nobles degeneraban en una tosquedad bestial.

Semejante transformación se produjo precisamente en un indio que había sido el hombre más apuesto del pueblo: gracioso, discreto, con un extraño sentido del humor y una sensualidad reservada. Se fue a la selva y ganó dinero cazando. Pero sentía nostalgia. Volvió pobre y erraba sin domi­cilio. Nadie le reconoció ni se acordaba de él.

Un día agarró a una muchachita en el camino y rasgó sus partes sexuales con el cuchillo de desollar animales. No la violó, pero tomó el cuchillo, se lo introdujo en el sexo y apretó. El pueblo entero andaba revuelto. No decidían cómo castigarle. Finalmente, se optó por exhumar una antigua práctica india. Le abrieron heridas en todo el cuerpo y luego se las cerraron con cera, mezclada con un ácido que los indios conocían y que, en contacto con heridas, duplicaba el dolor. Después fue apaleado hasta la muerte.

Mientras el vigilante narraba esta historia a la mujer, su amante regresó del trabajo. La vio asomada a la ventana y mirando a aquel hombre. Subió precipitadamente a la habitación, y se presentó a la joven con el negro cabello sobre el rostro y los ojos relampagueantes de ira y celos. Empezó a vituperarla y a torturarla con preguntas y dudas.

Desde el accidente con el anillo, su pene había quedado resentido. El acto sexual le producía dolor, por lo que no podía entregarse a la mujer con la frecuencia con que hubiera deseado. El miembro se le hinchaba y le dolía durante días. Tenía miedo de no dejar satisfecha a su amante, y de que ésta pudiera preferir a otro. Cuando vio al fornido vigilante hablar con la muchacha estuvo seguro de que tra­maban algo a su espalda. Quiso lastimarla, pues deseaba hacerla sufrir de alguna forma, ya que él había sufrido por ella. La obligó a bajar a la bodega, donde bajo un techo de vigas los vinos se almace­naban en tinajas.

Ató una soga a una de las vigas. La mujer creyó que iba a flagelarla. No entendía para qué preparaba una polea. Le ató las manos con la soga y empezó a tirar de ella hasta que el cuerpo de la mujer se izó en el aire y todo su peso colgó de sus muñecas, con gran dolor para la joven.

Juró entre lágrimas que le había sido fiel, pero él estaba fuera de sí. Tiró de nuevo de la soga, y la muchacha se desmayó. Su amante recuperó el sentido. La cogió y comenzó a abrazarla y a acariciarla. Ella abrió los ojos y le sonrió.

Había sido vencido por el deseo y se lanzó a satisfacerlo. Pensó que se resistiría, que después del dolor soportado estaría airada, pero no opuso resistencia. Continuó sonriéndole, y cuando él tocó su sexo lo encontró húmedo. La tomó con furia, y ella respondió con la misma exaltación. Fue la mejor noche que pasaron juntos, tendidos en el frío pavimento de la bodega, a obscuras.

FIN

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