domingo, 18 de junio de 2017

Mario Giacomelli - Fotógrafo Italiano

Mario Giacomelli – Nació en Senigallia, el 1º de agosto de 1925 / Idem 25 de noviembre de 2000) fue un fotógrafo que formó parte del grupo fotográfico La Bussola de Venecia.

A la edad de 9 años fallece su padre y comienza a escribir poemas y a pintar. Desde 1938 estuvo trabajando en una empresa de tipografía y dedicaba sus fines de semana a la pintura de paisajes. Aunque la imprenta fue destruida durante la segunda guerra mundial, la restauró y se convirtió en su propietario. En 1953 se compró su primera cámara fotográfica: una Comet Bencini.

Comenzó aprendiendo él mismo la técnica necesaria pero cuando conoció a Giuseppe Cavalli pudo perfeccionar sus conocimientos y además supo entrar en el mundo de la fotografía artística, primero como miembro de la MISA, grupo fotográfico de Senigallia. Formaban parte de él fotógrafos como Piergiorgio Branzi, Alfredo Camisa o Silvio Pellegrini, con los que pudo aprender de su trabajo y después se integró en el grupo La Bussola, de Venecia, que representaba en Italia la innovación al igual que en España lo hacía el grupo fotográfico AFAL o en Alemania lo hizo unos años antes el grupo Fotoform.

En su obra fotográfica empleó la fotografía en blanco y negro que revelaba en papel con alto contraste, su obra se incluye en el movimiento neorrealista italiano de esa época. Uno de sus temas favoritos eran los paisajes entre los que incluyó alguno realizado desde el aire o los realizados en su viaje al Tibet y Etiopía, pero también realizaba fotografías de animales, personas discapacitadas o peregrinos al santuario de Lourdes.

Comenzó participando en concursos y salones y su primera exposición la realizó en 1958 en la galería Il Naviglio en Milán, pero tuvo mayor relevancia la que realizó en 1964 en el MOMA de Nueva York que trataba sobre Scanno, también expuso en otros museos y galerías como en George Eastman House en Rochester, en el museo Nicéphore-Niépce de Chalon-sur-Saône, en el museo de Victoria y Alberto de Londres o el círculo de Bellas Artes de Madrid.

Son muy numerosos los premios que obtuvo así en 1955 ganó el primer premio en la Exposición Nacional de Castelfranco Veneto y cuarenta años después le galardonaron con el premio de cultura de la asociación alemana de fotografía.

La mayor parte de su obra está estructurada en forma de series y la realizó en el entorno de su ciudad natal, Senigallia, aunque también fueron numerosos su viajes dentro y fuera de Italia.







































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sábado, 17 de junio de 2017

José Luis González - El ausente

Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.
Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba delante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía, depositando la simiente en la húmeda desgarradura de los surcos.
Pero un día —“cosas que hace el diablo”— se fue a pescar camarones a la quebrada y se olvidó del trabajo. El padre lo aguardó con una soga doblada en tres. La zurra fue de las que no se olvidan.
Aquella misma noche, mientras los demás dormían, los pies descalzos de Marcial hollaron con rencorosa determinación el polvo todavía caliente del camino real. La madrugada lo sorprendió en la carretera.
Una tarde, meses después, al regresar sudoroso de las talas, el padre “cogió un aire”. Duró dos días con sus noches, recriminando al hijo ingrato en el delirio intermitente de la fiebre.
Casiana no quedó sola. Se fue a vivir, con el menor de sus hijos, a casa de un hermano.
Y un mediodía, al cabo de los diez años, uno de los muchachos de la casa llegó corriendo al batey:
—¡La procuran, tía!
Un hombre esperaba a la vera del camino. La vieja —vejez prematura de cuarenta y cinco años— salió al encuentro del desconocido. Los que estaban en la casa se alarmaron al oír el grito de la mujer. Desde la puerta la vieron exangüe en brazos del extraño, que la abanicaba con su sombrero. Cuando se allegaron y el hombre irguió la cabeza para saludar, un murmullo de admiración se desprendió del grupo. Bajo la barba de varios días, los más viejos reconocieron a Marcial.
El hombre —¡y qué hombre, membrudo y gallardo como un toro!, apreció con codicia el joven mujerío del barrio— empezó a contar sus andanzas un lunes a la prima noche y concluyó al amanecer del miércoles.
Cuando abandonó el hogar paterno, encontró trabajo de aguador en un cañaveral. Crecido ya, entró en el corte. Allí aprendió lo que es trabajar de seis a seis, con el sol o la lluvia sobre el cuerpo, las manos atadas sin piedad por la hoja filosa de la caña y el estómago aguijoneado por el hambre malamente satisfecha. Entonces no se conocía ese de “las ocho horas”. Se levantaba con el último temblor de las estrellas y salía de las piezas cuando el sol se dejaba contemplar sin lastimar los ojos. Se hastió de aquello.
Del cañaveral pasó a una cantera. Picar piedra no era trabajo menos duro, pero ya el primer oficio le había fortalecido el ánimo y los músculos. Y allí no se trabajaba como una bestia. A las cinco de la tarde sonaba un silbatazo que ponía fin a la jornada. Cerca de la cantera había un río y los hombres se bañaban al atardecer en una poza de agua transparente y mansa. Dormían frescos, sin la molestia del sudor resecado sobre la piel. Y lo mejor de todo: se comía caliente, con relativa abundancia.
Hizo amistad con un ingeniero que a veces, cuando quedaban solos, le hablaba de cosas que nunca llegaba a explicar bien, pero que sin duda le interesaban mucho, a juzgar por la pasión con que aludía a “las inconsecuencias del gallego Iglesias” y otros asuntos que solían des­pertar en Marcial una efímera curiosidad. Cuando el ingeniero se marchó a trabajar en una represa que estaban construyendo por Comerío, le insistió en que se fuera con él.
Salió ganando con el cambio. Al cabo de dos meses lo hicieron capataz. Comenzó a juntar plata. Conoció a una muchacha que vendía frituras en las obras, le robó la virginidad y después, cuando se enteró de que estaba embarazada, se casó con ella (no por obligación, sino porque descubrió que la quería). El vástago fue un varón, muy parecido a él según la opinión de todos. El ingeniero seguía protegiéndolo; las cosas no podían mar­char mejor.
Pero aquella ventura fue solo un paréntesis. Cierto día una carga de dinamita mal colocada hizo trizas al ingeniero. Para Marcial fue como perder a un padre, un padre deparado por la vida en sustitución de aquel cuyos azotes él no había sabido perdonar. Poco después, para remate de desgracias, la mujer ser alzó con otro, llevándose al hijo que aún no aprendía a caminar.
Entonces a Marcial le dio por pensar en lo que el paso de los años había ido convirtiendo en un recuerdo cada vez más débil: el primer hogar y la madre y el hermano abandonados. Casi con sorpresa vino a darse cuenta de que habían transcurrido diez años desde la noche en que el rencor y la amargura lo empujaron a la fuga.
Al día siguiente de una noche igual que aquella, no volvieron a verlo en la represa.
Ahora trabaja de nuevo en las talas, junto al hermano adolescente y el tío que va haciéndose viejo. Por las noches, los parientes y los vecinos se sientan en torno al fogón apagado que duerme su sueño de ceniza fría y él relata una vez más algún episodio de su vida errante. La chiquillería del lugar lo admira como a un héroe, y en más de una ocasión ha sido requerido como árbitro en las disputas de los mayores. Su reputación de hombre que “ha visto mundo” lo rodea de una aureola de prestigio y méritos con los que él no soñó jamás.
Pero se mentiría a sí mismo si afirmara que es feliz aquí. El monótono trabajo de las talas lo aburre sin llegar a fatigarlo. Le hace falta aquello otro: el ruidoso trajín de la maquinaria omnipotente, el horario regular y el seguro tiempo libre, la cerca­nía de la ciudad, el salario infalible cada sábado. Eso sobre todo. Aquí se trabaja para comer. Esta vida lo ahoga.
Una madrugada, el vecindario acudió a los gritos desesperados de doña Casiana. La pobre mujer extendía su brazo endeble en dirección del camino. Los que siguieron el ademán con la mirada, alcan­zaron a columbrar la corpulenta figura que se iba borrando en la distancia.
FIN
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Emma Tooth – Pintora Británica

Emma Simcock Tooth – Nació en Cambridge, ahora con sede en Derbyshire rural. Es una artista de retratos de bellas artes. Exhibe sus impresionantes pinturas al óleo en todo el Reino Unido y en el extranjero, vende originales y acepta comisiones.

Su último proyecto, financiado por The Arts Council England, se titula Concilium Plebis, una serie de pinturas al óleo extraordinarias de la gente común.

“Me considero un retratista, es la creación de la semejanza lo que me fascina, un destello de oro en las sombras, el parpadeo, la pulsación brillante de los nervios bajo la piel." La semejanza siempre está en el centro de mí. El trabajo, las relaciones casi matemáticas de característica a característica son sólo el comienzo, pero la precisión es esencial.

Utilizando el medio históricamente cargado de aceite sobre lienzo, pero a veces trabajando en otras superficies como el saco o la madera podrida, me propuse crear joyas como tesoros, como piezas de altar o los pequeños iconos destinados a la devoción personal. Junto a mi pintura también hago los trajes de influencia histórica que aparecen en algunas de mis obras. Esta es una respuesta, a mi inquietud incansable con un siglo XXI desalmado y mundano, carente de decoración o belleza o las mágicas promesas hechas por un siglo de predicciones fantásticas. Miro hacia atrás al traje y la manera de los 1880s, al arte del simbolismo y del Pre-Raphaelite, al arte Nouveau y a la imaginería japonesa. El traje, la mascarada y el artificio son elementos esenciales de mi trabajo, continuando mis largas exploraciones de la auto-imagen y la auto-presentación. Hay una sensación de escapismo; La mayoría de mis pinturas son de una sola figura, de un momento solitario, retirado del resto del mundo.

Mis pinturas comienzan la vida dentro de mi cabeza, las veo primero; Todos mis bocetos y desarrollos preliminares ocurren allí. Luego empiezo a escenificar fotografías para referencia, controlando la iluminación, el vestuario y la pose, trayendo las imágenes en mi cabeza al mundo real. Las fotografías son esenciales para mi práctica, sobre todo para mis autorretratos - trabajar desde un espejo no me proporcionaría la exactitud que yo necesito.

Me gusta la transparencia brillante y la textura de la pintura de aceite y más y más busco crear, así como la imagen global, una especie de macro-fiesta de la textura de la superficie que sólo se puede apreciar de cerca.

Los seres humanos se relacionan con imágenes de otros seres humanos, particularmente caras, en un nivel visceral, subconsciente; Esta es la razón por la que el retrato es especialmente poderoso y relevante. Después de que las capas de significado y concepto se quitan, esa relación permanece. Mis imágenes pueden ser muy íntimas y muy personales, basándome en mis propias vivencias de amor, tristeza y alegría” Emma Tooth









































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