lunes, 31 de diciembre de 2018

Kate Chopin - Historia de una hora

Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.

Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.

Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.

Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.

En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.

Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras.

Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.

Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.

Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.

Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.

No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.

No habría nadie para quien vivir durante los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.

Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no. ¡Pero qué importaba!. ¡Qué podría el amor, ese misterio sin resolver, significar frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser!

"¡Libre, libre en cuerpo y alma!" continuó susurrando.

Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar. “Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.”

“Vete. No voy a ponerme enferma”. No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.

Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera durar demasiado!

Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.

Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.

Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto del corazón -de la alegría que mata.
FIN

El Arte en la Vida, tiene como objetivo difundir el quehacer artístico de pintores, escultores, escritores, fotógrafos, artistas digitales, etc., sin fines de lucro. No posee los derechos de autor de las obras que aquí se exhibe las mismas se han hallado navegando por la web. No trata de obtener crédito alguno por las obras aquí expuestas.

Si su trabajo esta exhibido en este blog y no desea que sea admirado y/o conocido por el público en general, por favor, envíe un correo electrónico manifestando su necesidad de que deje de ser publicado y será inmediatamente eliminado

John Meyer – Pintor Sudafricano


John Meyer – Nació en Bloemfontein, en 1942. Estudió en la escuela de Arte de la Escuela Técnica de Johannesburgo, antes de unirse a una agencia de publicidad. En 1967, se estableció en Londres, donde realizó sus estudios de arte mientras trabajaba como ilustrador independiente.

Es considerado como la figura principal en el movimiento hiperrealista en el sur de África. Decididamente contemporáneo en su visión única y defensor del modernismo en todas sus formas, tiene un compromiso considerado con la pintura representativa. Preocupado por las complejidades de la percepción visual y sus soluciones, sus pinturas no son meras representaciones de lugares y cosas existentes, sino que existen como retrospección indeleble, como recuerdo total.

Describe sus pinturas como "hechas". Cada capa de tensión o emoción se construye sobre un proceso mental y físico, creando un evento creíble, cargado y tangible en cada una de sus pinturas. Él nos presenta con ilusiones sorprendentemente reales, todas claramente conocidas, pero inventadas en última instancia. Son arquetipos imaginados en lugar de eventos específicos. Su género narrativo más reciente, explora las complejas corrientes de las relaciones humanas, cautiva a sus espectadores. Pocos otros artistas inspiran tal comentario. Rara vez las interpretaciones son las mismas. Cada uno tiene su propio criterio y, de alguna manera, las relaciones continúan cambiando con cada inspección o incluso con una simple mirada. Hay fluidez, un drama en evolución, una atmósfera muy real.

Más tarde, los desarrolló en una serie de tres puntos de vista separados pero relacionados de la misma reacción. Estas 'Narraciones secuenciales' exploran la naturaleza de la intimidad entre el hombre y la mujere. La serie refleja su interés en la interacción compositiva en lugar del realismo convencional y muestra su sello visual tradicional: un control teatral estricto de la superficie pintada. Meyer es un maestro de la puesta en escena, la trama y la iluminación, y hay una calidad en la pintura que refuerza los temas de ambigüedad emocional entre los protagonistas de las pinturas.

Más recientemente, se le ha encomendado que haga un trabajo conjunto en torno a la Guerra Boer. Su exposición Perdió en el polvo, ofreció una mirada íntima y convincente de cómo la guerra afecta la vida de quienes la arrastran. Las pinturas entretejen la historia, la imaginación y la narrativa en un reino de múltiples capas que trata la tragedia de la guerra. Son a la vez convincentes, delicados, emocionales y premonitorios.

En 2015, esta exposición viajará después de haber sido vista en Ciudad del Cabo y Johannesburgo en Sudáfrica al Reino Unido y será vista por el público tanto de Londres como de Edimburgo en las Casas de subastas de Bonham.

Meyer se inspiró para embarcarse en este desafiante viaje en sus antepasados ​​que habían luchado en ambos lados, permitiéndole reflexionar sobre él desde una posición neutral. En contraste con el dramático y fascinante telón de fondo del vasto interior de Sudáfrica, la colección combina los talentos de Meyer para el paisaje y la narrativa en un cuerpo de obras único.




















































El Arte en la Vida, tiene como objetivo difundir el quehacer artístico de pintores, escultores, escritores, fotógrafos, artistas digitales, etc., sin fines de lucro. No posee los derechos de autor de las obras que aquí se exhibe las mismas se han hallado navegando por la web. No trata de obtener crédito alguno por las obras aquí expuestas.

Si su trabajo esta exhibido en este blog y no desea que sea admirado y/o conocido por el público en general, por favor, envíe un correo electrónico manifestando su necesidad de que deje de ser publicado y será inmediatamente eliminado